
Estábamos tan cansados de caminar por el desierto de las calles empolvadas de la ciudad. La sed de tranquilidad y paz se agotó en nuestra cantimplora. El camello cargaba con los besos y abrazos retraídos y jamás expresados. Las caravanas de sonrisas se perdieron de nuestra vista.
El tedio era el menú de cada día, lo servíamos en cada llamada y de postre me ofrecía un beso seco que se derretía con el calor de nuestras diferencias.
Nuestro cuento de las mil y una noches había llegado a su final. Esta vez no se salvo ninguna vida simplemente se petrifico el amor, con sus indolencias con su indiferencia hacía mí. Las paredes de nuestro cuarto limpio sólo predecían nuestra rutina. Una vida sin emociones se tallaba en la sala todos los fines de semana.
El final llegaba cada vez al final de cada noche pero lo evitábamos yo cubriéndome con el velo de la ironía, mientras él me adornaba el cuello con el brillo de su ausencia, cada fin de semana. El genio de la lámpara del velador se lamentaba de no poder hacer nada para remediar las heridas del desamor.
Había sido mi faraón pero de un momento a otro se convirtió en el chacal de mis pesadillas devorando cada noche mis entrañas, sin importarle, que le ofreciera un coctel de frutas y esencias que derramaba sobre mi piel para él.